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Miedo y asco en Las Vegas

“Miedo y asco en las Vegas” (Un viaje salvaje al corazón del Sueño americano) es una de las mejores y más acabadas expresiones de lo que su autor, Hunter S. Thompson (EEUU, 1937-2005), llamaba -con un término absolutamente propio- el “periodismo gonzo”, la variante más libre, radical y creativa del “nuevo periodismo” americano, en la que el autor se convierte en el protagonista y catalizador de la acción.

J. Albacete

Esta es probablemente la obra más “enloquecida” de Hunter S. Thompson, una figura legendaria de la narrativa americana, que realiza un curioso engarce entre las últimas secuelas de la “generación beat” y la nueva vanguardia americana que va a poner en pie una nueva forma de relato, híbrida de periodismo y ficción: el “nuevo periodismo”, al que se adscribirían figuras como Mailer, Capote o Tom Wolfe.

Thompson empezó como periodista deportivo, pero se consagraría como una estrella rutilante trabajando en la célebre revista “Rolling Stone”. Entre sus obras esenciales destacan la serie de crónicas que comienzan con “Miedo y asco en…” (además de las Vegas, Chicago y Denver), el libro legendario “Los Ángeles del Infierno (Una extraña y terrible saga)”, la antología “La gran caza del tiburón” y su única novela, “El diario del ron” (recientemente reeditada por Anagrama).

El relato de “Miedo y asco en las Vegas” bordea el delirio. Un periodista deportivo (alter ego del propio Hunter) y su “abogado”, un samoano de 120 kilos, se lanzan a un viaje a Las Vegas, para cubrir un evento deportivo y de paso “descubrir” allí el Sueño Americano, montados en un Tiburón rojo descapotable, con el portaequipajes lleno de drogas: “El maletero del coche -dice- parecía un laboratorio móvil de la sección de narcóticos de la policía”. Durante varios días, ciegos por completo de mescalina, coca, ácido, éter, amyls y todas las variantes pensables de pastillas de todos los colores y todos los efectos, generosamente mezcladas con cerveza, tequila y ron, el periodista y su abogado van a vivir, en el corazón de la metrópli del juego (el sitio donde más rápido puede hacerse realidad el sueño americano: forrarse), una experiencia que sólo puede resumirse utilizando aquella expresión de Rimbaud: “una temporada en el infierno”.

Como dos desquiciados -y a la vez lúcidos- suicidas, que estuvieran jugando constantemente a la ruleta rusa, pasándose incesantemente el uno al otro la pistola cargada, el periodista y su abogado protagonizan continuos y peligrosos enfrentamientos con empleados de casinos, camareros, polícías y demás representantes de la “mayoría silenciosa”, en conflictos que segregan un humor alucinado y desternillante a la vez que un terror impreciso y angustioso.

En la segunda parte del relato, la acción se vuelve aún más alucinatoria que en la primera, ya que, de forma absolutamente surrealista, los dos personajes son invitados a cubrir nada menos que un encuentro de fiscales encargados de la lucha contra las drogas. Colocados hasta las cejas y rodeados de policías antinarcóticos, los protagonistas viven un delirio permanente al borde del abismo.

En plena América de “Dick el Tramposo” (Nixon), con la tele segregando imágenes de los bombardeos de Vietnam y de Laos, y las ruletas de los casinos de las Vegas girando sin cesar ante la mirada ávida de miles de “soñadores”, Thompson erige una de las más perfumadas y venenosas “flores del mal” de la literatura moderna. Una lectura absolutamente impescindible.