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El hacha implacable de Bernhard

Publicada en 1984, “Tala” es una demoledora invectiva del escritor austriaco contra el mundillo cultural, artístico e intelectual europeo de posguerra, que llegó a ser calificada por el gran crítico Reich-Ranicki como “una de las veinte obras maestras de la literatura alemana”

Visto restrospectivamente, Bernhard aparece cada vez más como uno de los pilares y uno de los revulsivos esenciales de la literatura europea de los años 60 y 70. Viene a jugar, en el campo literario, un papel muy similar al que en el ámbito cinematográfico desempeñó Fassbinder: es decir, el encargado de dar un sonoro puñetazo encima de la mesa, cuando prácticamente todo el mundillo cultural y artístico estaba procediendo a sentarse cómodamente en el banquete europeo de la prosperidad y del bienestar, empalagado por el éxito y ahíto de complacencia.

Como Fassbinder, Bernhard adopta un tono abiertamente provocativo, tanto en la forma como en el fondo, para que su gesto (de rabia, de ira, de odio) quede patente, y la gran impostura que está cerniéndose sobre toda Europa quede dibujada, como en un contraste de blanco y negro, con absoluta precisión.

Thomas Bernhard (1931-1989) fue un escritor compulsivo e infatigable. Desde que empezó a publicar, a mediados de los años 50, pero, sobre todo, a raíz de la buena acogida de su primera novela larga (“Helada”, 1963), fue dando a la imprenta, año a año, 19 novelas, 17 obras teatrales y otros tantos libros de relatos breves o autobiográficos: es decir, casi unas 50 obras en apenas 25 años. Todo un “corpus” homogéneo, coherente, en el que labra un estilo inconfundible, pero en el que, ante todo, erige una “contraimagen” a esa plácida cosmovisión que la burguesía europea está consiguiendo imprimir a la población, con la connivencia de una cultura cada vez más conformista y cada vez más adocenada.

En “Tala”, una novela ya de madurez, Bernhard va a dar pie a una de sus obras maestras más consumadas y punzantes, retratando con una fiereza implacable la verdadera naturaleza de ese mundillo cultural y artístico. Con ese estilo inconfundible, repetitivo hasta la obsesión, amargo y lleno de ironías, sarcasmos y un delirante humor negro que es su más poderosa seña de identidad. Con una de esas voces narrativas incansables, omnipotentes, que no cejan, que discurren sin descanso desde la primera palabra hasta el punto y final, y que es otra de sus señas distintivas, Bernhard la emprende a hachazos con esa gavilla de impostores que ocupan el escenario de la cultura europea después de la posguerra.

En “Tala”, el narrador, nacido en Salzburgo, educado en el Mozarteum, harto de una Viena asfixiante, “huye” a Londres, donde ha vivido durante décadas; pero ya maduro retorna a Viena, donde una y otra vez recorre los caminos de su juventud, por aquellos mismos sitios en que inevitablemente ha de encontrarse con los viejos amigos, de los que huyó y a los que de ninguna manera quiere volver a ver. La obra comienza el mismo día en que recibe la noticia de que uno de aquellos amigos de juventud (Joana) se ha suicidado, ahorcándose, en su casa paterna. Ese mismo día, paseando por el Graben vienés, lo abordan los Auerberger (amigos, mecenas y patricios de aquella época) para darle la noticia de la muerte de su amiga común, al tiempo que lo invitan a una “cena artística” en su casa. Contra su voluntad y su deseo, acepta ir. Toda la novela está construida como un monólogo de este personaje, mientras asiste a esa velada en casa de los Auesberger.

Mientras esperan a que llegue el invitado especial de la cena (un conocido actor del Burgteather de Viena, que está representando “El pato salvaje” de Ibsen), durante la cena y, luego después, en la sala de música, hasta que todos los invitados se marchan, ya de madrugada, el narrador va desgranando de forma obsesiva y machacona el asco y la visceral repugnancia que le producen la sociedad cultural vienesa, su desprecio por el grupo de snobs, hipócritas, impostores, parasitos y arribistas que lo forman, y del que el matrimonio Auesberger es la quintaesencia y su coágulo más perfecto. Bernhard es particularmente incisivo a la hora de “desnudar” a esa pareja: sus secretas ambiciones aristocráticas, su parasitismo social y económico (en realidad nunca han vivido de su actividad artística, del producto de su trabajo, sino de una herencia que van consumiendo: unos solares que van vendiendo en una zona paradisiaca de la Austria rural y en los que se están construyendo unos edificos horrorosos que están destrozando la zona) y su absoluta esterilidad artística. Él, quizá el más dotado artísticamente de los dos, nunca ha pasado de ser un músico “seguidor de Webern”, un discípulo, pero que ha terminado enterrando todo su talento en el snobismo, el conformismo y el alcohol.

No menos implacable es el narrador con otra vieja amiga, escritora de éxito, la “Virginia Wölf de Viena”, preocupada ante todo por su lugar y su papel en la escena social, dominada por la hipocresia y el afán de reconocimiento, prebendas y premios.

“Ser artista -dice el narrador, dice Bernhard- quiere decir en Austria, para la mayoría, someterse al Estado, cualquiera que sea, y dejarse mantener por él toda la vida. La condición del artista austriaco es un camino vil y falaz de oportunismo oficial, pavimentado de becas y premios y alfombrado de condecoraciones y distinciones honoríficas, y que termina en una sepultura de honor en el cementerio central”. Bernhard no considera esta situación un mal sólo austriaco: esto, dice, “no sólo caracteriza a la degenerada vida espiritual austriaca, sino a la vida espiritual en general”.

Al narrador (a Bernhard) le revuelven el estómago esos artistas que “desde hace ya veinte años fingen anten los jóvenes rebeldía, revolución y progreso y que, en realidad, en esos veinte años no han hecho otra cosa con más energía que subir y bajar las escaleras de servicio de los ministerios que dan dinero”. Por un momento, parece como si Bernhard estuviese retratando directamente a buena parte de nuestro mundillo artístico y cultural de hoy: tal es la impresionante vigencia de “Tala”.

Discurso obsesivo, claustrobófico, torrencial, neurótico, las 208 páginas (sin un solo punto y aparte) de “Tala” son sin duda una de las obras cruciales de nuestro tiempo, una de esas novelas que nos lleva hasta el fondo de un problema y lo desmenuza con una lucidez magistral. Y constituye un poderoso foco para entender lo que sucede en nuestros días. 25 años después de su publicación, sigue siendo un libro absolutamente imprescindible.