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La novela, ¿un invento español?

El gran escritor cubano Alejo Carpentier sostuvo siempre que la novela fue un género literario tardío y una invención española. Esa radical convicción la desarrolló y defendió a lo largo de su vida en multitud de ocasiones, en ensayos, artículos, conferencias, etcétera. Buena parte de estas “intervenciones públicas” fueron seleccionadas y organizadas en forma de “entrevista” por el periodista y crítico literario Ramón Chao en un libro titulado “Conversaciones con Alejo Carpentier” (editado en España por Alianza Editorial), que contó con la expresa aprobación del escritor cubano.

Ahí, en ese libro, están perfectamente condensadas, a veces por boca del propio Carpentier, la mayor parte de sus convicciones literarias y una detenida y profunda exposición de su propia trayectoria literaria, que, como sabemos hoy, jugó un papel decisivo en la evolución de la narrativa hispanoamericana del siglo XX y en la obra de escritores tan esenciales como García Márquez, Carlos Fuentes o Vargas Llosa. Pues bien, ahí, en ese libro, en el capítulo dedicado a glosar el tema de “la novela” y ante la pregunta de cómo sitúa la novela dentro de la historia de la literatura, Carpentier responde:

“La novela es un género tardío. Si bien puede decirse que toda literatura es novela, y que toda literatura es poesía, al menos en sus inicios, la novela, tal como la consideramos hoy, llega tarde a la literatura. No basta una novela aislada, un Asno de oro, un Satiricón, para crear una tradición de la novela. Ésta existe, no lo olvidemos, cuando hay un movimiento, una escuela, una evolución de la novela. De ahí que la novela, como hoy la entendemos -la novela presente en una novelística definible-, sea de invención española, la picaresca, que al cabo de una trayectoria de casi tres siglos -nunca hubo género literario más tenaz ni más dilatado-, va a caer en América, dando nacimiento aún, por operación de su energía, al Periquillo Sarmiento. Entretanto, a modo de producciones excepcionales, sin herencia previsible ni comprobable, podían producirse en Francia las Astreas, de Urfé o La nueva Heloísa. La picaresca española, nacida sin saberlo del gracioso embrión de Lazarillo de Tormes y llevada hasta la premonitoria autobiografía de Torres Villarroel, cumplía con su función cabal de novelística, que consiste en violar constantemente el principio ingenuo de ser relato destinado a causar placer estético a los lectores para hacerse un instrumento de indagación, un modo de conocimiento de hombres y de épocas que rebasa en muchos casos las intenciones de su autor” (la negrita es nuestra)”.

Y a continuación, en respuesta a una pregunta acerca de las novelas de caballerías, Carpentier ratifica de nuevo: “Se trata de un folklore magnificado por el talento de poetas aislados. Parsifal, Tristán, Amadís de Gaula, pertenecían al folclore de diversos países. No; la novela moderna, tal y como la entendemos hoy, nace con la picaresca española. Leyendo la picaresca española nos encontramos ante una novela que expresa no solamente su época, sino que la interpreta (la negrita es nuestra), llena de prodigios geográficos, astronómicos, científicos, sin que sus autores hayan tenido que forzar el lenguaje de su época. Es decir, son ellos, como en el caso del barroco admirable Torres Villarroel, los que conducen el juego del lenguaje. Nada los sobrepasa; son ellos los que sobrepasan a su época: Vélez de Guevara y Castillo Solórzano en sus burlas a la alquimia; el anónimo Estebanillo de González en su conocimiento singular de Europa y de sus gentes; Torres Villarroel en sus ciencias de la “crisopeya” de las artes de la adivinación, y antes Quevedo, con su enciclopédica cultura. Los doctores de Salamanca y de Toledo pueden quedarse en casa. El novelista aventaja a su época. La expresa como nadie más pudiera hacerlo”.

“Las Novelas ejemplares de Cervantes -continúa diciendo-  constituyen, con su forma madura, equilibrada, sometida a cánones precisos, un conjunto único y precursor dentro de la historia literaria universal. No escribe Cervantes, incidentalmente, un cuento largo o una novela corta porque la materia tratada haya llenado tal o cuál número de páginas. Hay en las Novelas ejemplares la fijación voluntaria de una forma, tan observada en La Gitanilla como en El celoso extremeño o Rinconete y Cortadillo. Esto es precisamente lo que observaron los románticos alemanes, buenos traductores de Numancia, pero mejores traductores aún de las novelas cervantinas, en las que hallaban una superación de la cuentística de Bocaccio”.

¿Por qué una idea de esta magnitud apenas si ha tenido eco en nuestros medios académicos, literarios y educativos?