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Jakob von Gunten

A Robert Walser (Suiza, 1878-1956) se llega siempre por caminos indirectos y poco transitados. Por ejemplo, a través de los Diarios y las cartas de Kafka (para quien era, entre sus contemporáneos, su autor favorito). O de una pequeña reseña oculta de Benjamin. O de los siempre fragmentarios elogios de Musil, Zweig, Thomas Mann, Canetti o Bernhart. Toda la gran literatura alemana del siglo XX se rindió a este suizo, un desconocido para la industria editorial española hasta hace sólo una década. Y es que el “pequeño” Walser, que odiaba el sonido de las grandes palabras y sentía terror hacia el éxito, se escurre siempre entre los dedos, y hay que buscarlo en los desvanes abandonados.

J. Albacete

De su vida se sabe poco. Nació en un pueblecito suizo de lengua alemana. A los catorce años abandonó sus estudios para trabajar de botones. Anduvo, entre los dos siglos, por Berna y Zurich, por Stuttgart y Berlín, haciendo un poco de todo. Entre tanto, publicó quince libros, entre ellos tres novelas (la última, “Jakob von Gunten”, en 1909), prosas breves, poesía y hasta dramas en verso. En 1929, por su propio pie ingresó en un manicomio. Diecisiete años después, el día de Navidad, se dejó recostar sobre la nieve, donde unos niños lo encontraron muerto.

De “Jakob von Gunten” (editada en España por Siruela) se dice que es la obra más amada por su autor. Walser la escribió en Berlín en 1909. Contemporánea de “Las tribulaciones del joven Törless” (1906) de Musil o del “Retrato del artista adolescente” (1914) de Joyce, la obra bucea también en el terreno iniciático de la adolescencia, y en la dramática búsqueda y construcción de sí mismo frente a sistemas educaticos literalmente castradores. Sólo que -pese a su menor fama- “Jakob von Gunten” es mucho más compleja, va mucho más lejos y ahonda bastante más. Y, desde luego, es mucho más subversiva.

Walser no se somete para nada a la lógica de este tipo de literatura (la necesaria rebelión que ha de protagonizar un joven contra “Dios-padre-escuela” para llegar a ser, a la postre, un adulto “responsable”). Walser no tiene nada edificante que decir, ningún punto de apoyo que ofrecernos, ninguna conclusión que entregernos. El Instituto Benjamenta, escenario del relato, es un lugar tan incomprensible y tan obvio como El Castillo de Kafka. En él -como dice el memorable comienzo de la novela- “se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos…, jamás llegaremos a nada, es decir que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito”.

Su estancia en un escenario así le parece al joven Jakob “un sueño incomprensible”. A nosotros, lectores, también. Pero mientras atravesamos los territorios de ese sueño, sus enigmas se entretejen, disuelven y reconstruyen incesantemente en los recuerdos de Jakob, que Walser arma con una prosa delirante, tan llena de melancolía y sorpresas que no podemos sino dejarnos mecer dulcemente en ese río, cuya desembocadura ignoramos por completo.

Nada es previsible en el relato de Walser, con quien siempre se tiene la sensación de andar sobre arenas movedizas. Cada punto y seguido es un interrogante, una puerta abierta al misterio.Cada fragmento, la cara de un poliedro cuya figura desmiente toda geometría. Y el conjunto, una “pequeña” gran obra maestra, en la que todos los órdenes, todo lo que nos es familiar al pensamiento, acaba delirantemente subvertido.