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Marienbad eléctrico

El último libro de Enrique Vila-Matas es un canto a la inteligencia, al arte, a la conversación y a la amistad

Aunque se trata, en cierto modo, de un “libro de encargo” (la editora francesa de Vila-vila-matasMatas, Dominique Bourgois, le hizo una petición para que escribiera sobre su relación con la artista Dominique Gonzalez-Foerster, con la que se reúne esporádicamente desde 2007 y con la que ha colaborado ya en distintos proyectos), Marienbad eléctrico es un artefacto literario auténticamente “made in V-M”, es decir, un texto novedoso, sorprendente, heterodoxo e instructivo, en un plano que no tiene nada que ver con la divulgación de un saber ya sabido, sino con la exploración de esos abismos que realmente se abren bajo nuestros pies cuando nos preguntamos por cosas como: ¿tiene sentido, algún sentido, el arte?

Ya en su novela anterior, Kassel no invita a la lógica, Vila-Matas se había metido –con enorme valentía– en un verdadero avispero: reivindicar, desde su propia experiencia vital y literaria, el valor del arte de vanguardia contemporáneo, algo sobre lo que domina (no sólo en círculos ajenos, sino también en todo tipo de ambientes culturales) la idea de que es un rompecabezas sin sentido, cuando no una verdadera tomadura de pelo. Allí donde tantos no ven “nada” (o ven meros caprichos de gente que tras una pátina artística esconden un vacío creativo absoluto), Vila-Matas nos descubría un universo repleto de estímulos y significados, una materia viva capaz de liberar la energía necesaria para insuflarnos nueva vida y darnos elementos sustanciales para reinterpretar y comprender el mundo.

Es en el marco de esa peculiar “filosofía del arte” donde puede inscribirse esta –en cierto modo– “secuela” de aquel libro, pues se respira un idéntico sentimiento de simpatía e identidad con ese arte y una similar invitación a que explotemos nuestra inteligencia (y no otros instintos depredadores) y nuestra sensibilidad para extraer de las mejores de esas propuestas artísticas un jugo que puede ser absolutamente necesario para alcanzar una cierta plenitud vital y un entendimiento más claro de un mundo suspendido al borde de un abismo permanente.

Para seguir proyectando el impulso de aquel libro, Vila-Matas no podía elegir mejor partenaire que Dominique Gonzalez-Foerster, “una de las artistas francesas más reconocidas en la escena internacional” (Le Monde), cuyas instalaciones han recorrido en las dos últimas décadas las mejores y más prestigiosas galerías y espacios de arte del mundo (desde la Tate Modern londinense al Pompidou francés o la Documenta de Kassel…), siempre con propuestas renovadoras, sorprendentes… y cargadas de literatura.

Y ese es sin duda un dato a resaltar inevitablemente a la hora de tener en cuenta la admiración y la cercanía de Vila-Matas a la obra de DGF: la común pasión literaria. Los libros son un ingrediente esencial en la mayoría de las instalaciones de DGF. Y la propia artista, que ya había sido definida en algún momento “como una evadida de la literatura”, recuerda en un texto incorporado a este libro que: “En un breve texto grabado en la pared a la entrada de la obra Shortstories, que también se presentó en las colecciones del Centro Pompidou, me definí como prisionera literaria de un triángulo formado por Enrique Vila- Matas, Roberto Bolaño y W. G. Sebald”.

Nos movemos en el marco de un libro, pues, donde la admiración y la simpatía mutua entre el escritor y la artista son algo explícito y declarado, y no solo eso, sino que precisamente esa admiración, esa simpatía y la amistad a que todo ello da pie, es en realidad la sustancia fundamental del propio libro. En un mundo en el que, como mucho, se prodiga “el halago” (normalmente insincero), al tiempo que se intenta marcar todo tipo de distancias y subrayar diferencias entre los distintos creadores, manteniéndose cada uno apartado en su inaccesible torre de marfil, Vila-Matas no tiene empacho alguno en construir un texto reivindicando lo contrario: reconociendo su interés (muchas veces ligado a la incomprensión) por la obra de DGF, y el estímulo constante que para él han representado tanto sus obras como los esporádicos encuentros y el diálogo amistoso e inteligente con la artista gala. Vila-Matas se autodescribe como un aspirante a doctor Watson que intenta indagar y saber todo lo que puede sobre los proyectos y las realizaciones de DGF, aunque tiene que reconocer que, como dice Conan Doyle en Estudio en Escarlata, al final lo más probable es que sea Holmes el que sepa más cosas sobre él. Metidos “en el arte de la conversación”, y abandonándose muchas veces al “azar productivo”, el escritor y la artista, entre sugerencias y a veces malentendidos, acaban construyendo un diálogo tan genuino como divertido, en el que más allá del mutuo espionaje se va dibujando una nebulosa de referencias y expectativas que alimentan no sólo la creatividad de cada cual, sino la necesidad del reencuentro.

El libro podría ser calificado en algún momento de “petulante”, si no fuera porque la lucidez de Vila-Matas aborta enseguida toda vana y ridícula pretensión. Y esa lucidez es sobresaliente en un párrafo como este: “DGF sabe que el arte es una de las formas más altas de la existencia, a condición de que el creador escape a una doble trampa: la ilusión de la obra de arte y la tentación de la máscara del artista. Ambas nos fosilizan, la primera porque hace de una pasión una prisión, y la segunda porque convierte una libertad en una profesión”. Extraordinaria declaración de principios, que tal vez debiera labrarse en el frontispicio de algunos centros de enseñanza y sacarse como texto de comentario en los exámenes de la selectividad. ¡Cuánta necedad y vacío nos ahorraríamos si esos principios fueran una práctica común!

El libro, que es vila-matiano hasta la médula, discurre por un bosque cuajado de especies muy conocidas: por aquí encontramos a Rimbaud, a Duchamp, a Beckett, a Robert Walser, a Canetti, a Claudio Magris… y a Bioy Casares, el autor de La invención de Morel, el texto en el que se basó Robbe-Grillet para escribir el guión de “El año pasado en Marienbad”, de Alain Resnais, prototipo de “ese cine incomprensible” de los setenta que, en vez de renegar de él, una vez más Vila-Matas se atreve a reivindicar: “Me sigue pareciendo -dice- la película que mejor demuestra que para lo incomprensible se necesita un talento muy especial”. Ese talento “para lo incomprensible” es lo que, en cierto modo, este libro trata también de reivindicar, pues es siguiendo ese hilo como podemos llegar a territorios verdaderamente ignotos y desconocidos. No hay que temer a lo incomprensible ni huir de ello como si fuera una serpiente pitón: como dice Vila-Matas, “¿Acaso el canto más bello no es siempre el de una lengua desconocida?”.

Marienbad eléctrico es un libro cimentado en una curiosa y única piedra angular: el diálogo y la amistad entre una artista “fugada de la literatura” y un escritor detective que ama el juego y el riesgo del arte. Feliz encuentro al que el lector puede sumarse ahora como partícipe de un banquete donde los manjares más suculentos no siempre están necesariamente a la vista. También aquí el lector es invitado a hacer de Watson, siempre que conserve la certeza de que nunca llegará tan lejos como Holmes.

Kassel no invita a la lógica

En su última novela, “Kassel no invita a la lógica”, Vila-Matas ensaya una nueva forma de indagación narrativa: el relato documental hecho ficción

Kassel2Desde hace tiempo, uno tiene siempre la extraña sensación de que la última novela que ha leído de Vila-Matas es necesariamente eso, la última, como si el escritor barcelonés se hubiera metido en un callejón sin salida, donde ya no caben nuevos experimentos ni más juegos. Como si la cuerda se hubiera estirado hasta el límite y ya fuera inútil o baldío un nuevo esfuerzo. Por eso, cuando se anuncia “otra” novela de Vila-Matas, a uno le suena a broma, a hecho imposible, a “McGuffin”, un bulo que sus editores lanzaran al viento para recordar al público que todavía hay mucho Vila-Matas que leer, aunque desde luego “nada nuevo”.

Quizá por eso uno toma con escepticismo el hecho increíble de que en su librería habitual aparezca una nueva novela de Vila-Matas. Como ya no lee suplementos literarios, la sorpresa se redobla. Y al leer el título, ese “Kassel no invita a la lógica”, se teme lo peor. Algún refrito editorial. Cosas de aquí y de allá, tomadas al albur, para llevar al público al convencimiento de que el escritor no ha enmudecido todavía.

Y aún sin borrar el gesto escéptico uno se pone a leer ese libro de título radicalmente antinovelesco, con la extraña sensación de que es una lectura “sin lógica alguna”, que uno va a sumergirse en alguna especie de anecdotario insulso, a propósito además de un tema “vacío” por completo, el famoso y extinto “arte actual”, que le trae de inmediato a la memoria los demoledores chistes anuales de El Roto acerca de Arco.

Los peores temores comienzan a materializarse en cuanto uno lee las primeras páginas, en las que un narrador que guarda apenas una mínima distancia con el autor comienza a contar minuciosamente, y con las digresiones habituales, una serie de insólitas llamadas y encuentros con ciertas personas desconocidas que tratan de convencerle de que renuncie a su rutina habitual de escritor y acuda como invitado a la famosa Documenta de Kassel (la mítica muestra de arte de vanguardia, que se celebra en Alemania cada cinco años), con el extraño cometido de convertirse en parte de una instalación viviente, ya que debe sentarse a escribir todas las mañanas en la mesa de un restaurante chino de las afueras de la ciudad, dejarse ver y contestar, si hace falta, a las preguntas que le hagan curiosos y desconocidos de cualquier nacionalidad y en cualquier lengua.

Todo parece absurdo, aunque todo es muy real, pues tal invitación existió y el escritor ciertamente acudió a esa cita. Pero “contado”, el hecho deviene, instantáneamente, en pura literatura: pues al narrarlo, el escritor se diluye, el narrador cobra vida y lo narrado pierde su suelo estable en la objetividad y comienza su deambular por la neblinosa telaraña de la ficción, donde -y aún no han pasado una veintena de páginas- quedamos completa y definitivamente atrapados.

Entonces nos damos de cuenta de que Vila-Matas ha tejido una red nueva. Por muy familiares que nos resulten muchos de los recursos y ardides de su escritura, por mucho que nos sintamos “en casa” leyendo estas páginas, no logramos deshacernos en todo el tiempo de la sensación, sorprendente, cautivadora, de que vamos por un nuevo camino, que hemos emprendido una aventura desconocida, que estamos en una inesperada expedición hacia no sabemos dónde y para la que, otra vez, no tenemos una brújula preparada ni un mapa clarificador.

¿Qué es esto?, se pregunta el lector. Incluso el lector avezado. Incluso el transeúnte habitual de las complejas y diversas avenidas literarias de la obra de Vila-Matas. ¿Adónde vamos? Sin duda, a dar un paseo. Lo que tenemos entre manos es un curioso documental, rodado por un paseante, que asiste, entre la inquietud y un cúmulo de expectativas, a un espectáculo muy fuera de lo común: una ciudad en el corazón de Europa convertida en el escenario provisional de un conjunto de obras de arte de vanguardia que intentan, nada menos, que rescatar el valor del arte en un mundo aniquilado, devastado, perdido. Kassel, como muchas otras ciudades alemanas y europeas, fue destruida por los bombardeos durante la segunda guerra mundial. Hoy es una ciudad perfectamente reconstruida. Ella y tantas otras han renacido de las cenizas. ¿Pero están vivas? ¿Son un mundo viviente? ¿O son simplemente el cuidado escenario por donde deambula una sociedad de zombis? ¿Está viva Alemania? ¿Está viva Europa? ¿Son algo más que un museo? ¿Tal vez un balneario de lujo, donde un mundo decrépito espera impaciente su final?

¿No hay nada vivo en ese conjunto de ruinas? El paseante de Vila-Matas va de aquí para allá, entre las distintas instalaciones de la Documenta (y como personaje díscolo, intentando hurtarse todo lo que puede de su propia tarea como escritor “instalado”), va trazando las huellas y dibujando las impresiones de su atrevido documental, y va constatando que algo vivo respira todavía en los intersticios de esas obras sorprendentes, en principio incomprensibles, siempre con un aire burlón de provocación, desafiando la buena lógica del sentido común, y justo por ese hecho, dotadas de un imprevisto soplo de vida. Descubre así la paradoja de que lo que creemos vivo (el mundo) está muerto, es una fantasmagoría, mientras que lo que damos por fácilmente muerto (el arte de vanguardia), tiene un aliento real de vida. Este descubrimiento no sólo colma la satisfacción intelectual y estética de nuestro paseante solitario, sino que cambia su vida real. Eminente bipolar (entusiasta por las mañanas, depresivo por las noches), el narrador va experimentando un cambio que le sorprende: el impulso secreto y silencioso que le llega de las obras, lo va colmando de vitalidad, hasta el punto de que cada vez experimenta menos esa angustia fuerte de las tardes, que le llevaba a pensar en panoramas negros y horribles.

Contra lo que suele parecer, y contra lo que la mayor parte de la crítica suele creer, el “documental” de Vila-Matas sobre Kassel es una poderosa, y rigurosa, indagación en la realidad de hoy, en las fallas del presente, en esas “fallas” que luego desencadenan los verdaderos terremotos y dejan sobre la gente ese paisaje de cicatrices que es la verdadera marca del mundo. Contra la simpleza de ciertas formas de pensamiento, cabe seguir recordando que no es necesario mancharse los pies de lodo, ni escribir al dictado de los titulares de la prensa, para captar los auténticos resortes de lo real, para diagnosticar el presente, para tener una cierta idea del mundo en que vivimos y cuáles son las verdaderas encrucijadas en que nos movemos.

Con su clásico humor, su ironía cervantina -ya he dicho otras veces, y lo repito, que Vila-Matas me parece uno de los pocos escritores “cervantinos” de nuestra literatura- y una lucidez inédita, que va un poco más allá y un poco más hondo cada vez, con cada nueva novela, el escritor barcelonés nos reitera que siempre es posible emprender una aventura, que siempre podemos mirar el mundo desde un nuevo ángulo, que merece la pena intentar entender lo que no conocemos, incluso lo que no tiene lógica, que en un mundo desquiciado, el arte, al menos cierto arte, aún contiene una débil luz de esperanza, y que en literatura siempre se puede -y se debe- innovar. Enorme lección de un escritor, ya internacionalmente consagrado, que ha decidido no echarse a dormir en los laureles, sino seguir convirtiendo cada libro en un laboratorio literario: como este “Kassel no invita a la lógica”, donde se inventa el documental literario de ficción, y entre cuyas páginas uno se encuentra enteramente a gusto.

Dietario Voluble

Enrique Vila-Matas dinamita todas las fronteras entre géneros literarios y ensaya la fusión de vida y literatura

Tras la publicación en 2005 de su novela “Doctor Pasavento” y en 2007 de la colección de relatos “Exploradores delDietario-voluble-Enrique-Vila-Matas abismo”, Enrique Vila-Matas publicó  “Dietario Voluble”, libro que abarca tres años (de 2005 a 2008) del cuaderno de notas del escritor barcelonés. Podría hablarse, por tanto, de la fecunda versatilidad de un autor capaz de transitar por géneros muy diferentes y moverse libremente por los más dispares registros. Pero, en realidad, lo cierto es que lo primero que resulta difícil es aplicar a la literatura de Vila-Matas una separación de géneros que su escritura dinamita a cada paso y trazar fronteras a un escritor cuya obra se caracteriza, ante todo, por borrarlas a conciencia.

Así, “Dietario voluble”, este diario aparentemente caprichoso, inconstante y veleidoso, no resulta ser sino una nueva vuelta de tuerca en el ambicioso proyecto emprendido por Vila-Matas para engarzar, para fundir vida y literatura –que la vida se impregne de literatura, que la literatura se impregne de vida, de forma que se difuminen hasta el límite las fronteras entre ambas–, proyecto en el que el escritor barcelonés alcanza, con este libro, una madurez espléndida. Un libro que, además, nos revela con una cercanía insospechada a uno de los escritores más singulares del panorama literario mundial.

Conforme uno se desliza, con suavidad y delicadeza, por la prosa reposada y elegante de Vila-Matas, y va siguiendo, apunte a apunte, el relato de sus avatares, sus lecturas, sus impresiones, es inevitable que –en un determinado momento– se llegue a la sensación de que narrador, lector y autor se han catapultado a una esfera nueva de la realidad, que ya no es la realidad cotidiana, pero que tampoco es una burda irrealidad: es, de alguna manera, el mundo “bañado” por la literatura, rodeado enteramente por ella, atravesado por ella, poseído por ella. Esta esfera nueva de la realidad es el singular universo literario de Vila-Matas.

Pero hay que evitar tomar esto como un mero experimento. No se trata de coger un fragmento de realidad, una vivencia personal, un viaje o una lectura y “sumergirlo” en literatura, dorarlo con unas cuantas citas, someterlo a unas ciertas reglas de laboratorio. Todo es más complejo. Y menos artificioso.

Vila-Matas escribe, de alguna forma, desde el centro mismo de la escritura. En su mirada sobre lo real ya está difuminada la frontera de lo “real” y lo “literario”. Cuando esa mirada se traslada al papel, y se convierte en escritura, aquella dicotomía se ha fundido ya en una perspectiva completamente nueva.

Basta tomar cualquier entrada del Dietario para percibir ese tránsito impalpable, para constatar ese nuevo horizonte.

Por lo demás, Vila-Matas no se atiene a ningún guión preestablecido ni le hace ascos a ningún tema: el propio hilo de su vida es el que va enhebrando fortuitamente reflexiones que vagan por los senderos más inesperados: la dificultad de regalar y los equívocos que produce, el juego a ser “odiador” en un aeropuerto, la visión de un documental nocturno sobre Pau Riba, la ociosidad y la pereza, el arreglo de un ordenador, la recopilación de los nombres de personas nacidas el mismo año que él, un libro sobre Tricky Dick (Dick el Tramposo, es decir, Nixon), la visión de la película “La vida de los otros”, el fenómeno de los “hikikomori” (jóvenes que, para evitar la presión social, se encierran en casa de sus padres durante años, embargados por la tristeza y sin amigos, durmiendo por el día y viendo la televisión o la pantalla del ordenador por las noches: en Japón ya hay un millón) o la nefasta deriva de Barcelona… todo es válido para la reflexión inteligente, la cita precisa, la búsqueda de la verdad.

Por el Dietario transitan además los lugares de la “geografía” particular de Vila-Matas (Barcelona, París, Nueva York, Praga, México…) o los escenarios de un viaje a lo desconocido (Finlandia, Eslovenia…), los autores que literalmente le obsesionan (Kafka, Walser, Beckett, Borges…) y los que más admira del presente (Sebald, Perec, Magris…), entre los que destacan los Pitol, Bolaño, Villoro o Piglia. La cartografía literaria que dibuja Vila-Matas es tan amplia y poderosa que podríamos decir que nos resuelve de un plumazo el dilema de qué leer en varios años.

“Dietario voluble” es, por todo ello, una lectura literaria de primer nivel, una obra que nos asoma a los problemas esenciales de la literatura del siglo XXI, que nos ofrece siempre un punto de vista nuevo ante las cosas, que fija a su manera un “nuevo” canon literario del presente, sin huir además de ninguno de los problemas cardinales de hoy. Una lectura estimulante, que nos da lo que no esperamos, que desarma muchos prejuicios, que aboga por la inteligencia y nos alerta de algunos precipicios que se dibujan en el horizonte.

Y lo hace con una prosa sin igual, sin un solo atisbo de barroquismo, sin ningún alarde de pedantería, con la erudición justa para exponer temas verdaderamente complejos.

Leer a Vila-Matas es emprender uno de los diálogos más interesantes que se pueden emprender en el momento actual, una conversación interminable donde el escritor barcelonés pone en juego los innumerables recursos de su apasionado compromiso literario. Un diálogo que, aunque parece hecho a salto de mata, y de forma enteramente caprichosa, al final, cuando hemos leído todas las entradas de este magnífico “Dietario voluble”, muestra una insólita coherencia y una cohesión granítica. Vila-Matas demuestra la fortaleza de su apuesta literaria y el lector sale recompensado con un regalo extraordinario. Y ahora que se habla tanto de “autoficción”, he aquí un ejemplo de cómo practicarla de forma original y creativa.

Vila-Matas: “Aire de Dylan”

“Aire de Dylan”, la última novela de Vila-Matas, no es ni un vuelco en su narrativa ni una
mera defensa de su “extraña forma de literatura”

El lector familiarizado con la obra de Vila-Matas suele experimentar una doble reacción al contacto con “Aire de Dylan”. La primera es que le basta con leer dos o tres párrafos, apenas la primera página, para saber que ya “está en casa”. No hay duda. No hay error posible. Ni el mejor imitador podría conseguirlo. Estamos en el mundo de Vila-Matas: un mundo literario propio, singular, extravagante, extrañamente profundo; ante una forma de narrar, de fabular, inequívocamente suya, que de vez en cuando recibe elogios desmesurados como éste: “Las novelas de Vila-Matas están en el punto más avanzado en que se encuentra la novela” (Ricardo Piglia); pero al que, últimamente, una o varias ramas de las generaciones literarias más jóvenes, le han dado algún que otro palo, por “anticuado” y por “repetitivo”. Y quizá cabe aquí recordar también que la crítica nacional más carpetovetónica siempre lo ha tenido por un escritor de “juguetes posmodernos” sin consistencia alguna, por un autor sin “poder narrativo”, incapaz de construir una historia (una historia “tradicional”, al modo de nuestro secular realismo), por lo que tenía que recurrir a hilvanar o reproducir citas de cierto relieve, intentando ganar peso con el fulgor ajeno, pero no logrando más que una metaliteratura libresca, sin emoción y, lo peor, sin trama.

Como, a pesar de todo ello, la fama y el peso de Vila-Matas han ido inevitablemente en ascenso en el escenario cultural y literario español –quizá simplemente por seguir la estela de lo que ocurría en otros países, incluso en Hispanoamérica, y probablemente sólo para no hacer el ridículo–, la atención crítica a su obra ha ido también creciendo en nuestro país. Hasta el punto de que, ahora ya, cada nueva novela de Vila-Matas es un “acontecimiento” en el planeta literario español. Un alunizaje literario que es observado con cierto cuidado y atención, e interpretado desde todas las ópticas posibles.

Bajo una de esas ópticas, “Aire de Dylan” vendría a intentar rectificar, en cierto modo, el modus operandi antinarrativo de Vila-Matas (al tiempo, eso sí, que asesta un golpe inmisericorde a quienes le tratan ya como un autor de retaguardia). En breve: Vila- Matas (por utilizar un símil de la política) se nos habría “derechizado”. Se estaría inclinando en favor de las tesis de la crítica más conservadora, y andaría intentando dar satisfacción a quienes le piden que sea menos libresco y más narrativo, que se deje de citas y ponga personajes, y acción, y trama. En definitiva, que se haga un escritor “como Dios manda”.

¿Y es esto así? ¿Vila-Matas se ha clavado, por fin, en la cruz del realismo patrio? ¿Se nos ha “normalizado”, huyendo despavorido de esas etéreas bandadas de jóvenes narradores que piden hacer astillas la novela o difuminarla, por fin, en el magma sin forma (ni fondo) de internet, los nuevos apóstoles de la googlenovela?

Ciertamente la crítica literaria tiene una manga ancha notable. Caben muchas interpretaciones. Lo que no debería caber, sin embargo, es la pura invención. El castizo “sacarse de la manga” lo que no hay. Y lo que no hay en “Aire de Dylan” es ese Vila-Matas “reformado”, “reconducido”, “normalizado” – “reinsertado”, casi, podría decirse, como si fuera un antiguo “terrorista literario” que ha renunciado a la violencia y vuelve a la vida normal, tras una larga condena y una severa autocrítica de sus “crímenes”.

En “Aire de Dylan”, una vez más, Vila-Matas juega al juego –tan suyo– en el que la literatura y la vida dejan de ser –como el objeto y el sujeto de la metafísica– dos realidades enfrentadas, opuestas, que necesitan librar entre sí una batalla titánica para relacionarse –por ejemplo: la batalla del conocimiento–, sino un complejo y vivo entramado de vasos comunicantes en permanente interacción. Así, el joven Vilnius –uno de los personajes centrales de la novela, o el personaje central si se quiere– vive el drama de Hamlet como un avatar de su vida, al tiempo que intenta encontrar en una supuesta frase de Scott Fitzgerald –”Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien”– una guía maestra para acercarse a su verdadera identidad y a su realidad última –”La mía y la del mundo en general”, dice en un momento determinado–. Literatura y vida; vida y literatura. Eso sí, envuelto todo en una trama novelesca, no nueva, no diferente, sino, tal vez, más densa que en otras ocasiones. Vila-Matas no ha cambiado en absoluto de registro, ni de modus operandi; pero sí que es verdad que en “Aire de Dylan” hay más espesor, más densidad, más “trascendencia” –sin sacrificar, en exceso, ni la ironía, ni la ligereza, ni el humor. Quizá sean sólo los años, o el oficio, o la experiencia: el caso es que Vila-Matas cala más hondo, y lleva los interrogantes de siempre a un nivel aún más profundo. Y lo reitero: sin sacrificar la ironía (¿no es un monstruo de ironía esa madre fatal?), ni la ligereza (esa sociedad de infraleves, de Oblomovs, de aspirantes a no hacer nada, que forman Vilnius y Débora), ni el sacrosanto humor (como cuando el hijo, poseído por el ansia carnal de su padre muerto, se siente salvajamente atraído por la madre, pese a que –como dice magistralmente Vila-Matas–, “nunca había sido muy incestuoso”).

La segunda reacción del lector vila-matiano ante “Aire de Dylan” es la de percibir, de inmediato, ciertas novedades, ciertos cambios, la singularidad de esta melodía dentro del conjunto orquestal. Por ejemplo, el protagonismo que adquieren en ella el teatro (incluida, por supuesto, la vida entendida como función, como representación teatral) o el cine (extraordinario episodio el de la rocambolesca búsqueda de la autoría de una frase de una película de Hollywood) en detrimento quizá de lo específicamente literario, aunque esto, así dicho, no deja de ser una apreciación bastante baladí. También destaca el “aire”, no ya anglosajón (ya presente en “Dublinesca”), sino específicamente “norteamericano”, que respira toda la novela, en cuyo título ya está incluido el mito vila-matiano por excelencia de la cultura americana, el multiforme Dylan, el músico de las mil identidades, al que el joven Vilnius sólo se parece físicamente, del que sólo tiene un “aire”, porque, a diferencia de él, Vilnius quiere ser “auténtico”, de una sola pieza, con una sola identidad inmutable: eso sí, una identidad a lo Oblomov, para no hacer nada.

Para desdicha de muchos, Vila-Matas no se apuñala, no se suicida en “Aire de Dylan”. Como siempre, a la pregunta de hacia dónde camina la literatura de Vila-Matas, podría contestarse con el maravilloso verso de Dylan: “la respuesta está en el viento”.

La literatura de Vila-Matas

Escritores de su rango no abundan, ni aquí ni en ninguna parte y de sus muchas pieles, sacamos retales para hacernos abrigos contra los fríos que corren” (Ray Loriga).

No deja de ser una paradoja -y, a la vez, un triunfo singular de la literatura- que el más “excéntrico” de los escritores españoles se haya acabado colocando, de alguna forma, en el centro mismo del escenario literario. Máxime cuando él mismo ha hecho todo lo posible por huir y alejarse de ese escenario, manifestando, una y mil veces, que había renunciado a ser “un escritor español” (e, incluso, que se había aplicado a sí mismo la ley de extranjería).

Ahora bien, hay que matizar enseguida que si Vila-Matas ha alcanzado (incluso contra su voluntad) esa posición relativamente “central” no ha sido sino sobre la base de haber dinamitado previamente la idea misma de un centro fijo (el supuesto “canon” inamovible de un cierto tipo de “realismo español”) y de haber creado después, a lo largo de una trayectoria de más de tres décadas, una tupida red de centros móviles o, más exactamente, un complejo sistema de señalizaciones, múltiples y dispersas, que van desde la literatura portátil a la actitud “shandy”, desde el silencio “bartleby” al “mal de Montano”, desde el escritor desaparecido al autor reencontrado, que han “rebalizado” todo el mapa literario y provocado una sacudida sísmica en el interior de un sistema que tiende, continua y espontáneamente, a recaer en la ramplonería y en el casticismo.

Cuando en 1988 Vila-Matas publicó “Una casa para siempre”, dos conocidos críticos literarios españoles destrozaron la novela y, con escasa amabilidad, le mostraron la “puerta de salida”. Mejor que no la hubiera escrito, concluyó uno. Al año siguiente, el libro fue seleccionado, junto a otro de Javier Marías, entre las mejores traducciones publicadas ese año en Francia. O más sintomático todavía: mientras una parte de la crítica española lo ignoraba (o incluso lo mandaba callar), un Bolaño todavía muy poco conocido, y aún nada reconocido, reivindicaba ya a Javier Marías y a Vila-Matas como los verdaderos precursores y auténticos fustes de la nueva narrativa en lengua española. Como era de esperar, esa declaración, en aquel momento, no movió un milímetro los muros de la incomprensión.

Y es que Vila-Matas -como en cierta forma le ocurrió también, en su día y en otro ámbito, a Almodóvar- nunca fue un escritor que contara, de antemano, con un público hecho, un público que estuviera, por así decirlo, “esperando su obra”. Al contrario. Vila-Matas ha forjado a pulso, novela a novela, relato a relato, “su” propio público: lo ha creado, prácticamente, ex nihilo, de la nada. Nunca escribió para un público espectante ni para una crítica entregada: nunca se planteó hacer la gran novela sobre la guerra civil, ni la gran novela sobre el franquismo, ni la gran novela de la transición: ese “ideal” que ha despeñado tantas vocaciones literarias, incluso muy insignes, y ha generado tantas frustraciones (tantas que, a pesar de los ímprobos esfuerzos dedicados, esas “grandes novelas” aún están por escribir).

En lugar de elegir esa conocida senda hacia el cementerio de los elefantes, Vila-Matas eligió una vía intransitada, nueva, solitaria, un camino lleno de sambenitos (elitista, dandy, metaliterario, compilador de citas) y de áridos desiertos, una vía que hundía sus raíces más profundas en las experiencias literarias más hondas y esenciales del siglo XX (Walser, Kafka, Joyce, Beckett, Roussel…. Perec) y miraba de reojo a la gran literatura europea contemporánea (Magris, Banville, Sebald, Michon…), con el objetivo, inconfesado pero persistente, de levantar un proyecto narrativo distinto, propio y a la altura de los grandes.

¿Dónde reside la singularidad, cuál es la auténtica “marca de aguas” que distingue la literatura de Vila-Matas?

De entre cien destacaría dos signos relevantes. El primero es la construcción del texto narrativo como un tejido intertextual, que se abre continuamente a referencias múltiples (el texto como eje de una experiencia literaria, cultural o artística mucho más amplia que él mismo: como impulso o palanca para leer otros textos, oír determinada música, ver determinadas películas, frecuentar ciertas obras de arte, con las que el texto de Vila-Matas está, por así decirlo, en íntima “comunión”, y que ayudan a perfilar y completar el sentido del relato); un tejido en el que, además, se anuda y despliega una relación siempre nueva entre vida y literatura, una relación de simbiosis, que supera las dicotomías y abre paso a una experiencia radical de síntesis.

El segundo signo de relieve que destacaría es el “tema” (horrible palabra, pero insustituible) de la identidad personal. Toda la literatura de Vila-Matas es, en efecto, un perpetuo cuestionamiento de las identidades fijas, obligatorias, inmutables, consagradas, y una invitación continua a fugarse de ellas, a cuestionarlas, a romper sus moldes, a protagonizar una fuga sin fin de sí mismo…, haciéndose extranjero, desdoblándose, creando heterónimos y multiplicándose, cambiando de vida, de ciudad, de hábitos, de nombre, usurpando la vida de otros… Los personajes de las novelas de Vila-Matas protagonizan viajes sin retorno en busca de otras identidades, de ser otros. O, como afirma Alan Pauls, en su literatura habita la gran voluntad de “vivir una vida diferente”.

En el diverso, múltiple y cambiante proyecto narrativo de Vila-Matas anida, de alguna manera, el quijotesco propósito de “combatir la realidad con la ficción”. La tarea del escritor no es reproducir, ni copiar, ni imitar la realidad, que en su caótico devenir y en su monstruosa complejidad es inasible, inenarrable. Quienes toman ese camino se despeñan por una vía sin salida o caen en la absoluta puerilidad. Para que la vida y la realidad cobren verdadero sentido, tienen que ser “narradas”. Sin narración, no hay sentido.

La tarea del escritor no es, por tanto, imitar la realidad, sino buscar la verdad. Realidad y verdad no son la misma cosa. Confundirlas lleva a postular un tipo de narrativa prolija y detallista, que cree que cuanto más empírico y prosaico es el escritor, más cerca está de la verdad. En realidad, lo que ocurre es que, cuantos más detalles acumula, más se aleja de ella.

La verdadera, la buena, la gran literatura opera sin esas servidumbres. Sus armas son otras: la imaginación, la ironía, el lenguaje, una mirada descarnada y valiente, el concepto de la literatura como una aventura de riesgo, una clara visión de la topografía literaria en la que insertarse, una cosmovisión poética del mundo, ningún miedo a la soledad y al fracaso (“la pureza de Kafka está en su condición de fracasado”, decía Benjamin). Sólo en este tipo de pilares -cree Vila-Matas- puede cimentarse una escritura que salvaguarde el impulso ético de buscar la verdad.

Esta concepción tan inusual de la literatura es la que, curiosamente, acaba por entroncar a Vila-Matas con la tradición cervantina. ¿Tradición? En realidad, la literatura española ha sido bien poco cervantina. Por no decir que no ha sido cervantina en absoluto. Vila-Matas es, también en ese sentido, una clamorosa excepción.

Desde “La asesina ilustrada” (1977, libro primigenio que pretendía provocar la muerte de quien lo leyera) hasta “Dublinesca” (2010, parodia del entierro de la era de la imprenta), la obra de Vila-Matas, tejida con un lenguaje cristalino, sin barroquismos ni exhuberancias, ha conseguido levantar un edificio narrativo que, cuajado de obras maestras (desde “Historia abreviada de la literatura portátil” hasta la gran trilogía formada por “Bartleby y compañía”, “El mal de Montano” y “Doctor Pasavento”) lo han acabado erigiendo en una referencia, no sólo de nuestra literatura, sino del concierto literario mundial.

 

Vila-Matas en estado puro

En “Doctor Pasavento” el escritor barcelonés alcanca registros narrativos que bordean la verdadera obra maestra

J. Albacete

Casi un mes he demorado la lectura de esta novela de Vila-Matas, no sólo por el placer de disfrutarla y saborearla como un vino añejo, sorbo a sorbo, y conservando largo rato en el paladar la consistencia y el aroma de cada gota, de cada frase, sino también por el miedo, por el temor de que se acabara, por la angustia de llegar al punto final y que el “antihéroe” de la novela dejara de deambular de un sitio para otro, dejara de adquirir una identidad tras otra, dejara de desgranar sus pensamientos y sus paranoias, y acabara finalmente “desapareciendo”, tal y como es su propósito declarado desde la primera página de este libro magistral, que revela a Vila-Matas como uno de los grandes escritores europeos del presente.

Con Doctor Pasavento, Vila-Matas culmina además uno de los ciclos narrativos más interesante de cuantos se han puesto en circulación en la literatura europea en el último decenio. Un ciclo, casi una “trilogía”, podríamos calificarla, que comenzó con Bartleby y compañía, siguió con El mal de Montano y culmina con Doctor Pasavento. Podríamos ampliarla a una “tetralogía” si añadiéramos París no se acaba nunca, pero creo que esta no añade nada importante a las anteriores y es prescindible.

El tema que late en este “ciclo” narrativo vila-matiano es uno de los más recurrentes de la literatura moderna, sencillamente porque está en el corazón mismo de ella: la relación entre literatura y vida, que para Vila-Matas no son dos universos estancos, ni incomunicables, sino más bien dos mundos cada vez más interrelacionados, cada vez más interconectados y entre los cuales no hay ya prácticamente solución de continuidad. La vida es una narración y la narración es la vida.

Las tres novelas de este ciclo son tres aproximaciones a cuestiones relacionadas con ese gran tema central. En Bartleby y compañía Vila-Matas novela, como notas a pie de página de un texto desconocido, decenas de historias de escritores que han dejado de escribir e indaga en sus motivaciones. En El mal de Montano, el protagonista está tan “enfermo de literatura” que decide transformarse en carne y hueso en literatura misma. En Doctor Pasavento, el protagonista, cuyo “héroe moral” es el escritor suizo Robert Walser, desea, como éste, “desaparecer”, pasar absolutamente desapercibido. Es tal la repugnancia que le produce el poder y la grandeza literaria, y tan insoportable la esclavitud de tener que soportar la identidad que conlleva la fama, que decide ir retirándose del mundo, cambiando constantemente de identidad, incluso de nombre, cambiando constantemente de residencia, cortando los lazos que le unen al pasado, incluso fabricándose memorias nuevas, para ir así borrando en la lejanía las huellas del escritor reconocido que fue un día. En ese incesante periplo -lleno de humor y de ironía, de sutileza y elegancia, pero también de hondura y angustia- el protagonista, imbuido de su afán de renuncia, llega hasta las puertas del manicomio suizo de Heriseu, donde Robert Wlaser llegó a recluirse durante veintitrés años, hasta que un 25 de diciembre se recostó sobre la nieve, donde lo encontraron unos niños, logrando así disolverse “en la nada”.

Pero el protagonista vila-matiano no llega tan lejos, busca su propio camino, continúa con el carrusel de sus identidades nuevas, adquiere por momentos la de otros escritores que buscaron el anonimato (se hace llamar, por ejemplo, “doctor Pynchon”, en referencia al gran escritor norteamericano que, huyendo de la fama, como hacía Salinger, vive “escondido” en Nueva York, sin que nadie sepa dónde ni qué aspecto tiene, aunque, a diferencia de aquel, Thomas Pynchon seguía publicando) y que intentan proteger la literatura de la devastación de la fama y del poder. Al final, nuestro borroso protagonista, que no renuncia a seguir practicando lo que llama “el arte de desaparecer” cada vez más, encuentra el consuelo de una escritura mínima, casi privada, en la línea de los “microgramas” de Walser, una literatura que “persigue alcanzar no la realidad, sino la verdad”.

Dublinesca: gozosa y genial

El más singular, arriesgado y novedoso de cuantos proyectos narrativos se han puesto en pie en España en los últimos tres decenios, ha alcanzado su cénit. Porque eso es, en definitiva, la última obra de Enrique Vila-Matas: el cénit, la cumbre de su obra.

Un libro en el que el escritor barcelonés llena y apura la copa de sus singulares (aunque aún bastante incomprendidas) virtudes literarias y nos ofrece un verdadero recital, un compendio exhaustivo de lo que es su literatura. Un libro gozoso y genial, una novela pletórica de humor y de dolor, que cava hasta lo más hondo en todas y cada una de las obsesiones vila-matianas: la identidad entre vida y literatura, la voluntad perpetua de ser otro y escapar de la cárcel de las identidades obligatorias, la soledad que aguarda a todo destino humano.
El marco de la novela no puede estar elegido con más acierto: asistimos al final de la era Gutenberg y a la llegada de una inquietante nueva era: la era digital. Es el fin del libro impreso, el fin de cierta literatura, el fin de un mundo, una verdadera “apocalipsis”, sobre todo para Samuel Riba -protagonista indiscutible de “Dublinesca”-, “el último de los grandes editores literarios”, uno de esos raros editores que leían y amaban la literatura, pero que se ha visto obligado a retirarse y cerrar la editorial hace ya dos años. Desde entonces -dice el narrador- “vive en una potente y angustiosa psicosis de fin de todo”. Se siente viejo, abandonado, solo. Ha perdido el refugio de la bebida y de los actos sociales que como editor famoso le llenaban la vida. Las relaciones con sus ancianos -y aún excesivamente paternales- padres y con su mujer, Celia -que además está a punto de hacerse budista-, son otros tantos quebraderos de cabeza. Vive recluido en su casa barcelonesa, cada día más absorbido y más obsesionado con internet, a punto de convertirse en un hikikomori: uno de esos adolescentes japoneses que viven encerrados meses y años en sus cuartos, sin otra relación con el mundo que la televisión y su ordenador.
Para escapar de esa obsesiva reclusión que amenaza con trastornarlo, Riba -que tiene una notable tendencia a leer e interpretar su vida como un texto literario- concibe un genial “plan de fuga”: marchará a Dublín y allí, el Bloomsday (el 16 de junio, día en que se conmemora la jornada en la que transcurre el Ulysses de Joyce) celebrará, con un puñado de amigos escritores, un funeral por la era Gutenberg.
Los preparativos, la realización y la extraordinaria coda final de ese insólito viaje constituyen la guía maestra de un relato que, amparado en una comicidad soterrada e hilarante, deviene en una monumental parodia de lo apocalíptico; pero también en una aguda reflexión sobre las inevitables mutaciones que acechan en este auténtico “final de época”.
La novela está poblada de ingredientes típicamente vila-matianos: sueños premonitorios, encuentros casuales, fantasmas presentidos, ambiciones frustradas (como la de encontrar al nuevo genio de la literatura: la ambición nunca alcanzada por Riba y que le persigue todavía) y, por supuesto, el impulso constante de “convertirse en otro”, vivir en otro sitio, de hacerse extranjero… Y está, como todo texto de Vila-Matas, densamente poblada de escritores, de libros, de películas, de canciones, de citas y de pertinentes reflexiones literarias: como la magistral interpretación que ofrece del decurso de la literatura del siglo XX, como un tránsito desde la exuberancia de Joyce al laconismo de Beckett.
Además, como todo libro de Vila-Matas, “Dublinesca” es también una invitación a leer otros libros, ver ciertas películas, escuchar algunas canciones y ver determinados cuadros. El lector -para disfrutar plenamente de ella- hará bien en ver “Spider”, de David Cronenberg, “Desierto rojo” de Antonioni, o “Los muertos” (“Dublineses”) de John Huston. Y, desde luego, leerse al menos el célebre capítulo 6 del Ulysses, con el entierro del “pobre” Paddy Dingam.
Gran fiesta de la literatura, este “entierro” del libro impreso, este funeral por la “honrada vieja puta de la literatura”, esta gozosa “Dublinesca” de Vila-Matas es, también, un libro sabio y corrosivo sobre la vida y sobre lo “real”. No en vano, y aunque no lo parezca, Vila-Matas es un gran pintor de paisajes anímicos, un retratista implacable de la angustia que atenaza al europeo de hoy, un investigador de primera fila de los fantasmas que nos acechan. Aunque el verdadero estímulo que anima toda la literatura de Vila-Matas no es retratar la angustia paralizante que deriva del tedio contemporáneo, sino -como afirma certeramente Alan Pauls- “la voluntad de vivir una vida diferente”. Incluso en esta obra, tan centrada en los temas de la vejez y la muerte, late esa pulsión. Esa Gran Voluntad.