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Arrecife

El mexicano Juan Villoro es una de las voces más poderosas de la actual narrativa en lengua española. Y como prueba, su última novela: Arrecife, editada por Anagrama en abril de 2012

Juan Villoro (México, D.F., 1956) es un escritor que, como ha acreditado ya brillantemente a lo largo de muchos años (su primer libro de cuentos data de finales de los setenta), se mueve como pez en el agua por todas las formas de la narración: ya sea la crónica, el ensayo crítico, el relato infantil, el cuento o la novela. Y en todos ellos sobresale un ingrediente común, definitorio: un estilo propio de contar, rigurosamente sintético, casi aforístico, en el que logra aunar con una magia especial lo descriptivo y lo reflexivo, la acción y el pensamiento, lo puramente narrativo y el ensayo. Sus dotes para sintetizar una situación, definir un personaje o concretar un pensamiento son asombrosas. Su “facilidad” para encontrar una frase feliz que se ajusta como un calzador al contexto, formular axiomáticamente algo o elaborar un resumen analítico absolutamente preciso con muy pocas palabras es un prodigio.

Un prodigio que sin duda se explica por su formación excéntrica y sus complejos vínculos intelectuales y literarios. A los cuatro años, Villoro ingresó en el Colegio Alemán del DF. Su dominio perfecto del alemán le permitiría más tarde trabajar como diplomático en el Berlín oriental (cuando todavía existía la RDA), familiarizarse con la cultura centroeuropea (con especial preferencia por el mundo austro-húngaro, más que por el propiamente germánico) o traducir los célebres “Aforismos” de Lichtenberg, verdadera cumbre del género (y que Nietzsche consideraba uno de los cinco mejores libros de la cultura alemana). Estos ingredientes tan singulares (y que, en cierto modo, también pueden rastrearse en una figura como la de Sergio Pitol, que es sin duda uno de sus “maestros”) son los que explican en buena medida esa posición “excéntrica” de Villoro, que no afecta sólo a su estilo, sino al enfoque general de su obra, que se inscribe ya plenamente al otro lado de una ruptura (intelectual y generacional) respecto a los moldes trillados que imperaban todavía en la literatura hispanoamericana en general, y en la mexicana en particular, a finales de los ochenta y principios de los 90: los epígonos de un “realismo mágico”, que ya no tenía nada que ver con el carácter incisivo de un Carpentier o un García Márquez, y había caído en la ramplonería exótica; o la ingente búsqueda y rastreo de los problemas identitarios de la región a través de la reflexión social o histórica.

Villoro pugna por romper valientemente con esos corsés que hacen de la literatura hispana “un parque temático del atraso”, a la que se exige “un exceso de imaginación que se rechaza en otros sitios”, una “necesidad de acentuar el exotismo”, impuesta desde fuera, que acaba induciendo “una autenticidad artificial”.

Precisamente esa demanda de exotismo y emociones fuertes que se reclama desde el exterior a Latinoamérica en general, y a México de forma particularmente intensa, forma parte del núcleo argumental de Arrecife, la cuarta novela de Villoro, que llega ocho años después de su gran obra maestra: El testigo (2004). La nueva novela de Villoro transcurre en un resort vacacional de la costa maya en el que se ofrece, a turistas europeos y norteamericanos ávidos de emociones fuertes, “programas recreativos con una coreografía delictiva” (como que te secuestre la guerrilla o te capturen los narcos), eso sí, con un riesgo controlado y un final feliz. “Vivir una revolución -dice Villoro en una entrevista-, pero por un fin de semana; entrar en contacto con una emoción, pero luego volver a su vida de bienestar”. Hispanoamérica como escenario de riesgos programados y peligros fingidos, para que el turista se libere momentáneamente de la angustia que le produce el tedio del bienestar, pero eso sí: con billete de vuelta asegurado. Villoro es, sin duda, un maestro de la ironía.

Pero como todas sus novelas, Arrecife va también mucho más allá de sus propias anécdotas argumentales. En realidad, el relato tiene todos los ingredientes de un “ajuste de cuentas”, de un balance, de una mirada, crítica, apasionada y compasiva, al devenir de una generación que naufragó en casi todas sus expectativas, pero que no terminó de ahogarse del todo, y ahora se interroga por su pasado y por su futuro.

Tony Góngora (el narrador) y Mario Müller (el ideólogo y director del resort La Pirámide) son dos viejos amigos, dos supervivientes de aquel naufragio. En su juventud formaron parte de una banda de rock que se llamaba Los Extraditables, que acabó fracasando y disolviéndose. El fracaso hundió a Tony en las drogas hasta convertirlo en una piltrafa humana, con la memoria borrada, perdida casi por completo. Años después de aquel desastre, Mario Müller busca a Tony para que participe en su nuevo proyecto empresarial (La Pirámide), y así sacarlo del marasmo, ayudarle a recordar el pasado… y también a diseñar el futuro.

“Pasé la primera parte de mi vida tratando de despertarme, la segunda tratando de dormir, me pregunto si habrá una tercera parte”. Arrecife comienza así, cuando sus protagonistas están ya en esta tercera parte. Ahí comienza el itinerario introspectivo de Tony, que es a la vez un nuevo reto vital, en el que conocer es recordar (pues lo ha olvidado casi todo), pero en el que, también, el recuerdo sirve para reconstruir un pasado, que no es sólo la constatación de un fracaso, sino rememoración de un tiempo en el que la amistad y el amor fueron signos de una vida en cierto modo pletórica… una vida que todavía no está clausurada, que aún puede tener un tercer acto. Al menos eso piensa Villoro.

El arrecife en el que encallaron sus vidas ha devenido un negocio (La Pirámide, junto al Caribe y las costas llenas de corales) al que ahora también le llega la hora del ocaso, con la llegada de la crisis y la enfermedad de Müller. Villoro, que no olvida una, aprovecha ese contexto para lanzar una andanada demoledora contra esos países tan serios y justos, tan “diferentes” de México. Y nos recuerda que, tras su sobria fachada de respetabilidad, la City londinense (de donde provienen los inversores que gestionan La Pirámide) no es más que la versión actual y posmoderna de la vieja piratería inglesa, el lugar donde ahora mismo se lava buena parte del dinero negro procedente del tráfico de drogas, de armas, de la prostirución… Los auténticos dueños de La Pirámide vislumbran ya que hay más negocio en integrar el resort en ese proceso de lavado de dinero que mantenerlo abierto.

Pero Müller, ya gravemente enfermo (cáncer), prepara para Tony un nuevo y sorprendente futuro alejado de todo eso. Y quizá tras la honesta y lúcida incursión en las vidas de estos dos personajes, ese “futuro” sea la parte más débil del libro. La menos lograda.

Pese a ello, Arrecife es en todo momento una novela muy poderosa en el campo del lenguaje. La ironía y el humor de Villoro brillan tanto como la precisión, la concisión y la exactitud expresiva. Y sus diálogos tienen la energía y la fuerza de los de una buena novela negra.

Por cierto que Acerrife también es, a su modo, un trhiller, aunque sólo accidentalmente. Las novelas de Villoro tienen siempre infinidad de rincones y ponen en juego multitud de recursos. Y es que para él: “La novela nos puede procurar algo que sólo provee la literatura y que nos ayuda a entender mejor el mundo; no se trata de una explicación cien por ciento racional, sino de la recreación de emociones que le dan sentido a una época y a una gente y esa manera de conocer emotivamente una realidad y una época sólo la encontramos en la literatura”.

El testigo

El mexicano Juan Villoro ha escrito una de las novelas más complejas, inteligentes y bien narradas del siglo que acaba de comenzar

J. Albacete

Juan Villoro -ya lo hemos dicho- es una de las voces más interesante, singular y compleja de la literatura hispanoamericana de hoy. Sus magníficas crónicas, sus sorprendentes ensayos críticos, sus imaginativos relatos infantiles y sus traducciones, bastarían para catalogarlo como uno de los autores de mayor relieve del presente. Pero Juan Villoro es, también, un magnífico narrador, un narrador que se mueve además con la misma destreza en las distancias largas que en las cortas, tanto en la novela como en el cuento. La cumbre de su narrativa es, sin duda, su novela El testigo, publicada en 2004, galardonada con el Premio Herralde de novela y editada por Anagrama.

En El testigo -su tercera novela y la de mayor calado y ambición- Juan Villoro levanta un formidable edificio narrativo, con tantos niveles y estratos, y tan laboriosamente tejidos, que resulta un verdadero prodigio de composición. Un edificio con sótanos tan profundos y escaleras, patios, pisos, habitaciones, corredores y áticos tan numerosos y diversos que resulta difícil creer que alguien haya logrado integrarlo en un todo, a la vez sólido, comprensible y atractivo. Y Villoro lo logra, aunque el lector pueda llegar a sentirse -en determinados momentos- abrumado por la densidad o perdido en un laberinto del que, sin embargo, no tarda en salir, porque Villoro es un verdadero mago, dotado además de un poderoso sentido del humor.

La novela comienza con el retorno de Julio Valdivieso -un intelectual mexicano de 48 años, un hispanista, que ha pasado la mitad de su vida en Europa (como el propio Villoro)- a un México en el que el PRI acaba de perder el poder después de 71 años. Pero lo que en principio podría sugerir un choque del exiliado retornado con un presente tan sórdido como fascinante, se convierte además en un afloramiento múltiple e inesperado del pasado. El pasado viene a su encuentro con la misma urgencia avasalladora que el presente.

Por una parte, al quitar el “tapón” del PRI emergen inevitablemente los pasajes más ocultos y borrados de la historia mexicana, como las “guerras cristeras” de principios del siglo XX, insurrecciones de católicos fanáticos que buscaban el martirio y fueron aniquilados por el gobierno, y con los que la familia de Julio estuvo relacionada, lo que precipitó su decadencia.

Por otro lado, reaparecen como un pulpo sus antiguos compañeros del taller literario de Barbosa, un grupo de literatos fracasados, que si acaso han triunfado en otros ámbitos (como la televisión, que emerge como un protagonista energuménico de la realidad, con su voracidad y su designio de apoderarse de todo y convertirlo en espectáculo) o sencillamente se han hundido en la miseria. Los primeros requieren a Julio para colaborar en un proyecto que va a ser uno de los más poderosos y constantes ejes vertebradores de la novela: la elaboración de una “telenovela” sobre las guerras cristeras, que se rodaría precisamente utilizando los archivos de la familia de Julio y su decrépito rancho familiar, al que irónicamente Villoro denomina “Los Cominos”:

El retorno de Julio a “Los Cominos” es, por otra parte, el retorno a los recuerdos y escenarios de la vida y de la saga familiar, a las historias y secretos de familia, a los rencores y odios inagotables, a los afectos imperecederos, a la historia de una decadencia llena de escombros. Y, como suele ocurrir, no todos aquellos “fuegos” se han apagado, ni con el tiempo ni con la distancia: y en el alma de Julio hay todavía un rescoldo encendido que el retorno aviva y convierte en llama con suma facilidad: su prima Nieves, su gran amor adolescente, un amor prohibido, con la que hace veinte años planeó fugarse a Europa. Aunque ya muerta, el “fantasma” de Nieves es la presencia más constante de este regreso, el amor perdido, el amor original.

Pero aún hay otro “fantasma” que recorre la novela de principio a fin: el del gran poeta posmodernista Ramón López Velarte (1888-1921), cuyos misterios políticos y biográficos y cuya impresionante obra poética -considerada por muchos como la mejor de la historia de México- pueblan y acompañan -como un relato paralelo, calzado con ingeniosa y matemática precisión- todo el devenir de la historia, que ni siquiera aquí se libra del humor grotesco de Villoro: hay hasta un proyecto de “canonizar” a López Velarte.

Villoro mueve con enorme inteligencia narrativa todo este ingente edificio, poblado con decenas de personajes y de planos superpuestos, sin que la novela encalle y sin que el barco, cargado hasta los topes, se vaya al fondo. Es más, aún tiene tiempo de lanzar una ojeada desolada al presente: a la ominosa realidad del narcotráfico o al faraónico y desmedido universo de los magnates de la televisión…

Novela “total”, pero despojada de servidumbres decimonónicas, El testigo es una reflexión global sobre la dificultad casi ontológica de encajar el pasado y el presente.

Juan Villoro: México sin exotismo

Para Villoro el escritor hispanoamericano no debe seguir siendo un cronista de mundos exóticos y realidades fabulosas

J. Albacete

En los últimos 25 años, la literatura mexicana vive una indiscutible etapa de renovación coincidiendo con las convulsiones políticas y sociales que están transformando a un país que vivió más de medio siglo (71 años para ser exactos) bajo la coraza paralizante de lo que Octavio Paz llamó el “ogro filantrópico” (el PRI). Uno de los autores emblemáticos de esa nueva literatura es, sin duda, Juan Villoro. Colaborador habitual de las revistas culturales mexicanas (desde “Vuelta” a “Letras Libres”), autor de relatos, novelas y cuentos que indagan los agujeros negros de la realidad y la memoria mexicana, traductor y ensayista, Villoro es una de las figuras más interesante del actual panorama cultural hispanoamericano y uno de los narradores más brillante del momento.

Hijo del también escritor Luis Villoro, nació en México DF el 24 de septiembre de 1956. Estudió sociología, pero enseguida pasó a ocuparse de temas preferentemente culturales. De 1977 a 1981 dirigió el programa de radio “El lado oscuro de la luna”, en Radio Educación. A continuación, marchó a la entonces República Democrática Alemana como agregado cultural de la embajada de México en Berlín durante tres años. Su perfecto dominio del alemán le ha servido para traducir las obras de Schnitzler o los Aforismos de Lichtenberg.

Desde muy joven, Villoro se integró en el mundo periodístico mexicano. De 1995 a 1998 fue director del suplemento “La Jornada Semanal”. Ha colaborado con casi todas las revistas culturales de México: “Cambio”, “Gaceta del FCE”, “Crisis”, “Vuelta”, “Proceso” y “Letras Libres”, en la que es un colaborador asiduo.

Sus cuentos y novelas ya han obtenido un amplio reconocimiento en México y fuera de México. En 1999 ganó el prestigioso premio Xavier Villaurrutia de relatos por su libro de cuentos La casa pierde. En 2004 ganó el Premio Herralde de novela con El testigo, una verdadera obra maestra. Su libro de ensayos Efectos personales, donde analiza la obra de 13 escritores, tuvo un entusiasta recibimiento por parte de la crítica especializada.

En este último libro, Villoro incluyó un interesantísimo ensayo, con el significativo título Iguanas y dinosaurios: América Latina como utopía del atraso, que refleja muy bien algunas de sus convicciones básicas. “En el ensayo -dice Villoro- traté de reflejar cierta visión de la literatura latinoamericana como un parque temático del atraso, donde son posibles ciertos excesos de la imaginación e incluso de la realidad que serían intolerables en otros países. Me refiero a cierta necesidad de exotismo impuesta desde fuera y que ha inducido una especie de autenticidad artificial, la obligación de una patria exagerada”. Esta “obligación”, esta necesidad de acentuar el exotismo, ha condicionado la literatura hispanoamericana y llevado a ciertas desviaciones del “realismo mágico” a incurrir en excesos ridículos o patéticos, lo que ha acabado por invalidar el concepto mismo.

“Durante mucho tiempo -afirma Villoro- al novelista latinoamericano se le ha pedido que para poder circular internacionalmente en el mercado de la cultura tenga un timbre de color local más marcado, que sea representativo de una determinada realidad, por encima de su concreta apuesta estética”. Para Villoro (como ya lo fue para su compatriota Pitol o para su amigo Bolaño) ha llegado la hora de poner fin a esa consideración de Hispanoamérica como parque temático del atraso, a los hispanoamericanos como personajes exóticos dignos de contemplación y al escritor hispanoamericano como un cronista de mundos exóticos y realidades fabulosas.

Esto no equivale a desentenderse de las realidades y conflictos verdaderos de Hispanoamérica, sino a negarse a seguir tratándola con un determinado enfoque, en cierta forma degradante. Y buena prueba de ello es la obra de Juan Villoro, un autor que no sólo ha demostrado en sus libros y ensayos su voluntad inquisidora de la realidad y los mitos mexicanos sino que, además, es un escritor familiarizado con muchas manifestaciones de la cultura popular, como el rock, el fútbol, la televisión o el cómic. “Una de las paradojas del subdesarrollo -ha dicho Villoro- es que la cultura popular permanece desconocida. Fuera de un círculo restringido de conocedores, no ha sido historiada, ni cuenta con un hit parade que la avale, a veces ni siquiera pasa por el mercado. Pienso, por ejemplo, en los compositores de boleros románticos, en los escritores de radionovelas, en las estrellas de lucha libre en México”.

Retazos de esa cultura popular aparecen una y otra vez en las páginas de Villoro, integradas en una poderosa narrativa que tiene a la vez la sobriedad de lo clásico y la tensión, la capacidad de desgarro y la visión descarnada de la mejor literatura de hoy.

La suya es sin duda una de las obras a seguir para quien quiera estar al día de lo que se cuece en el suculento fogón de la literatura en lengua española en la América de hoy.