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La vida breve

La obra maestra de Onetti, publicada en 1950, es una de las diez mejores novelas de la literatura hispanoamericana del siglo XX

Si hay una novela de Onetti que merece figurar, en compañía de “Cien años de soledad” de García Márquez, “El siglo de las luces” de Alejo Carpentier, “Paradiso” de Lezama Lima, “Conversaciones en la Catedral” de Vargas Llosa, “Pedro Páramo” de Juan Rulfo o “Rayuela” de Cortázar, en el restringido y exclusivo “parnaso” de las diez mejores novelas hispanoamericanas del siglo XX (un siglo al que yo no dudaría en llamar el “Siglo de Oro” de las letras hispanas), ésa es sin duda “La vida breve”, que, además, es la primera de todas ellas. Publicada en 1950, “La vida breve” condensa todas las virtudes narrativas de Onetti y abre el camino a todo su universo literario, a través de la creación de una ciudad imaginaria, “Santa María”, escenario en el que se va desarrollar la trama de la mayor parte de sus historias.

A Vila-Matas, que tanto le gusta “coleccionar” grandes comienzos de novelas (uno de sus favoritos es el de “El extranjero”, de Camus: “Aujourd´hui, ma mére est mort”), estoy seguro que no le disgustará el de “La vida breve”, de Onetti: “–¡Mundo loco! -dijo la mujer.” Un comienzo de “tango”, para una novela que se podría decir que está toda ella bañada en el perfume trágico y fatalista de esta singular música porteña.

Lo crucial de esta novela, cuya densidad narrativa sorprenderá inevitablemente al lector (sobre todo, si ha acostumbrado excesivamente su paladar literario a textos livianos y de poca enjundia), es la emergencia, la creación de la ciudad de Santa María. Una ciudad que, en principio, nace en la imaginación de Brausen, como escenario de un posible guión que podría ayudarle a resolver su precaria situación (están a punto de despedirlo en la agencia de publicidad en la que trabaja) y tal vez salvar su insostenible relación con Gertrudis (la mujer con la que vive, y a la que acaban de operar para quitarle un pecho). Pero, a partir de un determinado momento, esa ciudad “imaginada”, y los personajes que han comenzado a poblarla en la “ficción” de Brausen (una ficción que nunca se lleva a término, porque Brausen nunca acaba la historia), se emancipan completamente de su creador, adquieren vida propia al margen de él e, incluso, acaban por tener verdadera “realidad”: al final del relato de Onetti, Brausen ayuda a Ernesto (un macró, un prostituto, que ha asesinado a su vecina, la Queca, la mujer que repite incesantemente: ¡Mundo loco!) a huir de Buenos Aires… a Santa María: un viaje de la “realidad” a la “ficción”, de una realidad degradada y amenazante a una ficción salvadora (o como mínimo “refugio”) que resume perfectamente el “pensamiento” literario de Onetti.

La novela discurre paralelamente en tres planos que si, inicialmente, parecen separados y discernibles, poco a poco van a ir comportándose como “vasos comunicantes” en los que el fluido narrativo se va mezclando, hasta definitivamente fundirse en el episodio final. El primer plano es el del mundo de Brausen, narrado por él mismo, y con ciertas pretensiones de objetividad, un mundo del que forma parte su trabajo, su mujer, sus amigos y la ciudad de Buenos Aires. El segundo plano es el de su vecina, la Queca, un mundo en cierta forma también objetivo (Brausen se introduce en él), pero alimentado también por sospechas, intuiciones, palabras y frases sólo escuchadas a medias (espiadas a través de la pared), un mundo muy alejado de su mundo habitual, que le va a obligar a transformarse en un personaje de “los bajos fondos”, un mundo que discurre ya, en cierta forma, a mitad de camino entre la realidad y la ficción. Y, por último, está el mundo de Santa María, un mundo de fantasía, creado por su imaginación, en el que va a ir “proyectando” elementos inspirados en su realidad y transformados (él mismo es la matriz del Doctor Grey, Elena Sala se inspira en Gertrudis, aunque, a diferencia de ésta, destaca por sus dos impresionantes pechos… lo primero en lo que se fija el doctor Grey nada más entrar en su consulta).

A lo largo del libro, con sabiduría y precisión, Onetti va a ir mezclando y combinando los elementos, los ingredientes de estos tres mundos, para dejarnos una prodigiosa “lección” de cómo se gestan las ficciones y cómo se incorporan a la vida real, cómo se produce ese “misterio” que es la alquimia de todo arte.