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Cuentos incontables (1)

Una lección de economía

El seis de diciembre de 2009, a las doce del mediodía, el bróker Anthony Woods, de Standard Food, ordenó una desinversión de diez mil millones de dólares en la industria alimentaria. Según los informes que acababa de leer, entre las seis y las diez de aquella misma mañana, existían un 61,7% de probabilidades de que la tasa de ganancia del sector a lo largo de 2010 cayera hasta el 2,7%. Acto seguido, derivó esos fondos de su cartera de valores hacia la industria farmacéutica, que auguraba unos beneficios del 4,5%.

A lo largo de la semana siguiente, un centenar de brókers de distintos fondos de inversión, fondos de capital-riesgo y hedge-funds, de Wall Street, la City, Francfort y Tokio (para los cuales Anthony Woods era un oráculo cuasi infalible), llevaron a cabo, en conjunto, una desinversión global de 150.000 millones de dólares en empresas agroindustriales de 86 países en cuatro continentes.

El 24 de diciembre de 2009, el Consejo de Administración del monopolio agroalimentario español Ebro, tras sufrir una caída en Bolsa del 40% del valor de sus acciones, decidió, entre otras medidas, anular (o reducir sustancialmente) sus pedidos a 180 empresas y cooperativas proveedoras de 27 provincias, en ocho comunidades autónomas.

El 5 de enero de 2010, la empresa conservera Nutricial, S.A., que daba empleo a 52 trabajadores, despidió a 30 de ellos, arguyendo “causas objetivas”, ante la “cancelación y falta de pedidos”.

Arturo Solano Ruiz tenía 22 años. Hacía seis meses que había encontrado, en Nutricial, S.A., su primer empleo. No hacía mucho: cargar y descargar, llevar y traer, embalar y desembalar, subir y bajar… Cobraba 650 euros por ocho horas de trabajo diarias y cuarenta semanales. Las siete u ocho horas extras que hacía todas las semanas no se las pagaban.

Arturo pensaba comprarse una moto. Y hacer un viaje a Cancún. Le gustaba una chica, aunque aún no había hablado con ella. Y salía a tomar cervezas con los amigos, hasta no muy tarde. A veces se ponía triste y lloraba por las noches, abrazado a la almohada. A veces sentía un vacío dentro que le borraba todo: su vida, sus amigos, su trabajo, sus sueños, … Todo le parecía estúpido y superfluo.

Cuando le despidieron sintió ese vacío. Primero en la cabeza y luego en todo el cuerpo. Se sentía tan vacío y tan ligero que pensó que podía volar. Sí, volar… ¿por qué no? Como una pluma, o un papel, arrastrado por el viento…

La tarde que le dieron el finiquito la pasó en el puente sobre la autovía. El cielo estaba cubierto de nubes y hacía un poco de viento. Por debajo, una interminable riada de coches enfilaba el camino de vuelta a la ciudad. Unas veces prometía tirarse cuando pasara el próximo coche rojo: luego, cuando pasara la primera furgoneta blanca…

Era curioso: desde lo alto del puente se atisbaba, en la lejanía, la ventana del salón de su propia casa: un octavo de un edificio de pisos baratos, en una barriada periférica. No le extrañó que sus padres (sombras chinescas sobre la pared) estuviesen otra vez discutiendo acaloradamente. Nunca se ponían de acuerdo. Para el padre, Belén Esteban era una zorra. Para su madre, una princesa del pueblo.

(P.D.: En 2010 la tasa de ganancia de la industria alimentaria fue del 4,7%. La de la industria farmacéutica, del 2,8%).