“Vía Revolucionaria”, de Richard Yates

Richard Yates es, tal vez, el prototipo de un cierto tipo de escritores de Estados Unidos: el que teniendo entre sus manos una obra de enorme valor, sucumbe sin embargo a la soledad y al olvido. Es lo que le ocurrió, por ejemplo, a John Fante, ahora reivindicado por doquier. Tímido, alcohólico, solitario, Richard Yates fue uno de los cronistas más lúcidos y penetrantes del naufragio ideológico, sentimental y vital de la clase media americana de ideas progresistas cuando a mediados de los años 50 el “sueño americano” y la nueva sociedad de consumo tejieron en torno a sus vidas un lazo mortal.

J. Albacete

Ha sido de nuevo Hollywood -un Hollywood sediento de ideas y de argumentos- el que, queriendo o sin querer, ha vuelto a poner en circulación la obra de Richard Yates, que venía durmiendo desde hace décadas el “sueño de los justos”. Un espléndido guión de Justin Haythe, las figuras imponentes de Leonardo DiCaprio Kate Winslet encarnando a la perfección al matrimonio Wheeler, y una torticera y mediocre dirección de Sam Mendes, han logrado que “Revolutionary Road” (Vía Revolucionaria, en su mala traducción al castellano), abandone los polvorientos anaqueles del olvido y vuelva con fuerza a las librerías, resucitando a un escritor de los buenos, de los grandes, de aquellos que son capaces de recrear con un inagotable aliento de verdad un fragmento de la realidad, de tal forma que acaba por convertirse en valiosa para toda tiempo y lugar. Y no son pocos los críticos que, con ojo certero, miran al presente como un momento que tiene enormes coincidencias con aquel en el que Yates planificó y llevó a cabo lo que Tennessee Williams ya calificó, al publicarse en 1961, como una “obra maestra” (“si se necesita algo más para realizar una obra maestra, no sé de qué se trata”, afirmó).
Yates (que vuelca en la novela una notable carga autobiográfica: es hijo de padres divorciados, estuvo en 1944 en la guerra, etc.) logra captar a la perfección el drama de ese tipo de seres para los que su vida “es una sucesión de momentos que no han querido vivir”, que todo lo viven como frustración, que sobreviven en un alambre situado sobre el abismo que hay entre lo que ellos piensan que son (“seres especiales”, “distintos a los demás”) y lo que realmente hacen (llevar el tipo de vida normal que la realidad impone), y que no encuentran otra forma de “rebelarse” contra ese infierno que crear ilusiones exageradas, ideales imposibles, proyectos descabellados, que terminan invariablemente por aniquilarlos.
Los Wheeler, Frank y April, son dos de esos seres: detestan la mediocridad de sus vecinos, sus trabajos aburridos, el conformismo social, el estado de la nación americana (envenenada por el tumor canceroso del senador McCarthy) y la vida insoportable de los suburbios, donde en teoría debía cumplirse el “sueño americano”. Pero cuando uno de ellos, April, harta de la existencia encarcelada que lleva, planea fugarse de esa situación, soñando con una nueva vida en París, destapa, sin saberlo, un mar de contradicciones retenidas, rencores aplazados y odio acumulado tal, que acabará por llevarse por delante todo aquello que, en teoría, quería salvar.
Cronista del desastre y la desilusión americana, Yates es un narrador brillante, luminoso, perspicaz, conocedor hasta el fondo del delicado material humano con el que trabaja y muy consciente de que, en todo momento, debemos estar alerta de lo que la sociedad “quiere hacer con nosotros”.

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